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ESPERANDO
EL REGRESO DEL GUARDIÁN
Por Aimé Sosa Pompa
| Foto tomada del sitio www.elmundo.es
miércoles, 24 de febrero de 2010
Jerome
David Salinger, o mejor J.D. Salinger (1919-2010).
Murió exactamente 27 días después de
su cumpleaños 91. Apartado, receloso, casi la antítesis
de la fama en la historia de la literatura actual. Nonagenario,
incólume ante los intentos de escándalos, cerrado
en la tozudez del silencio, alejado hasta lo impensable de
los medios. No estaba construyendo un mito, simplemente hacía
lo que consideraba era el bien.
Dos ediciones cubanas de sus cuentos y su novela más
conocida, lo hicieron visible en el largo listado de títulos
extranjeros impresos en el país. El corazón
de los que reverenciaron sus creaciones guardó un minuto
de silencio con la noticia de su fallecimiento. No basta.
La vida de Salinger llegó a la fama de las letras
universales con un libro editado en Cuba bajo el título:
El guardián en el trigal , puesto que no conocemos
el centeno. Desde que se publicó en 1951 la historia
del adolescente Holden Caulfield, el volumen sirvió
de leyenda personal para millones de gente y como modelo para
la historia de la literatura.
No era para menos. Tenía un excelente argumento, insuperable.
Que un jovencito se escapara de su colegio y en el vagabundeo
tuviera aventuras y encuentros extraordinarios para él
y para los lectores, es una trama aún no superada.
Nadie podía sustraerse de sus imágenes, de esas
casi perfectas líneas en las que una traducción,
a saber cuál de todas, escondía un perfecto
lenguaje.
Era cáustico, terriblemente cáustico, pero
de una forma alarmantemente realista:
“Me paso la vida diciéndole 'Encantado de conocerlo'
a gente que no me encanta en lo más minino haber conocido.
Para sobrevivir, sin embargo, hay que decirlo.”
“Puñetero dinero. Siempre termina por deprimirlo a
uno como carajo.”
“La mitad de los hombres casados, en todo el mundo, eran maricones
y ni siquiera lo sabían. Decía que uno podía
convertirse en m…….. de la noche a la mañana, si se
poseían las características necesarias.”
Salinger fue soldado durante la Segunda Guerra Mundial, pero
antes de partir enlistado en la Infantería, publicó
su primer cuento: “The Young Folks”. Gracias a la guerra conoció
a Ernest Hemingway, y también gracias a ella, pudimos
leer sus mejores relatos, los que involucran en una excelente
saga a la Familia Glass, los padres junto a los hijos: Seymour,
Buddy, Bubu, los gemelos Walt y Walker, Zooey, Franny.
Detrás de aparentes triviales diálogos, quedaba
un mundo especial con preguntas universales, alusiones a las
filosofías orientales como el zen, el budismo o al
propio cristianismo; y la sensación de que nos estaban
contando una increíble historia real.
Los últimos escándalos no pudieron alterarlo:
ni la supuesta segunda parte de la historia de Holden Caulfield,
esta vez con 60 años, que intentó publicar el
sueco Fredrik Colting y fue negada por decisión de
los tribunales; ni la publicación de las cartas que
relatan su amorío de diez meses con una escritora,
Joyce Maynard.
Hacía mucho tiempo atrás, J.D. había
dicho de las personas que le rodeaban: “No hay que ser mala
gente para deprimir a los demás; se puede ser un buen
hombre y resultar deprimente.”
Hace más de treinta años, el editor Felipe
Cunill en su prólogo a la publicación cubana
de su principal novela, lo describía así:
J. D. Salinger, Jerome David, si es bien temprano
por la mañana, sale de su casa de campo de una sola
planta en Cornish, New Hampshire, Nueva Inglaterra y camina
con un paquetico un centenar de yardas hacia una celda de
concreto, iluminada por un tragaluz. Allí deposita
su almuerzo, se sienta en una larga mesa frente a una máquina
de escribir y comienza a trabajar. Hasta después de
las cinco de la tarde no retornará a la casa. De regreso
posiblemente verá la televisión; llegará
la hora de dormir y al día siguiente se repetirá
la misma jornada. Enclaustrado durante 'sus años laborales',
sólo recibe visitas raras veces y jamás visita;
sus salidas son para buscar provisiones y material de lectura,
según dicen, y lo más probable es que se eche
a correr si alguien que no conoce le dirige la palabra en
la calle. Es virtualmente un desconocido en la región
donde vive y para algunos 'sus personajes de ficción
parecen más reales, más verosímiles que
él'.
Muchos creen que a los 80 años mantenía esos
hábitos rutinarios, acumulando papeles llenos de argumentos
que hoy deben costar una fortuna. Dicen que el último
manuscrito público data de 1965. Le llamaban huraño,
misántropo. Lo era, incluso para ser visto, por eso
son escasas las fotos que nos muestran a un Salinger maduro.
Todo el tiempo hablaba a través de su representante
Phyllis Westberg o de sus hijos Matt o Margaret. Pero le sobraban
palabras, estamos seguros.
Todavía esperamos por las señales de sobrevida
de uno de los ermitaños perfectos de la literatura
norteamericana.
The catcher in the rye, el original
en inglés, donde rye es centeno.
El guardián en el trigal. Editorial Arte y Literatura,
La Habana, 1977. p.113-114
Íbidem, p.141
Íbidem, p.173
Íbidem, p.199
Íbidem, p.14
Otros trabajos
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El
triunfo del amor
*
Los
libros que me quedan por devolver
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Félix
Varela, el precursor
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