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Por: Reinaldo Cedeño Pineda.

El facsímil de la hoja manuscrita conmueve. La breve esquela está dedicada a Alicia Alonso y está firmada por Dulce María Loynaz en el estertor de 1996. Es una despedida. Para hacerlo, la Premio Cervantes, ya toda una nonagenaria, ha debido domeñar su falta de visión, su mano vacilante. La revista Cuba en el ballet aquilata el esfuerzo:
«Creo recordar que una vez escribí que Alicia se movía como una luz y en efecto esa es la sensación que da cuando baila, lo cual es tanto más curioso por cuanto ella parece no dejar nunca la región del aire. La vemos mecerse en él como en una hamaca invisible, como si algo también invisible la sostuviera frente a nuestros ojos. Esa es la gracia de su arte, desafiar las leyes físicas sobreponiéndose a su propia gravedad».
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