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Responsabilidad individual y sensibilidad humana, principales actitudes para detener el virus.

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Son muchas las noticias que, desde la radio, la televisión o los periódicos demuestran que la falta de prudencia ha contribuido a la rápida propagación de una enfermedad que parece cosa de películas.

Mientras, la COVID-19 sigue avanzando y en Cuba, cada vez que se confirma un caso, la preocupación es mayor.

Sucede que no se tiene el mismo sentido común en todas las edades, y que los jóvenes creen que los mayores amplifican en exceso las recomendaciones, los consejos, las medidas de control. Pretender llevar el mismo estilo de vida que teníamos meses atrás es cosa de irresponsables.

Ya habrá tiempo para volver a las calles a reunirnos con los amigos. Es momento de limitaciones, es cierto, y ya sabemos que lo que limitamos o prohibimos se convierte en anhelo desesperado y en desobediencia desmedida, pero conviene que no sea así, porque la COVID-19 no es ciencia ficción, y en todas partes del mundo, los recursos materiales y humanos también tienen límites, y lo que la falta de responsabilidad provoca, no siempre la buena voluntad puede remediar.

Pensemos en la vida, en la nuestra y en la de quienes, más vulnerables, necesitan que les demostremos que haremos todo lo posible por no ponerlos en riesgo. Todos somos frágiles, y en ciertas edades, eso se recuerda más que en otras. Mejor no sintamos que ya es tarde, al contrario.

Los jóvenes de hoy seremos los ancianos del mañana. Este es el momento de ser coherentes desde la razón y el corazón. Y ser prudentes desde el alma.