Liliana Casanella Cué, un ángel de la cultura cubana

A Liliana la conozco desde siempre, desde antes. Como la profesora Daysi Cué era también mi madre, ella pasó a ser mi hermana. La tengo junto a mí, en el Callejón del Carmen, cerca de la estatua de Miguel Matamoros, en Santiago de Cuba. Es 2014, es el Festival MatamoroSon, es la presentación de su libro Música popular bailable cubana. Letras y juicios de valor (Siglo XVIII-XX). Una recia investigación que mereciera el Premio Catauro Cubano de la Fundación Fernando Ortiz, que se acreditara una mención del Premio de Musicología Casa de las Américas en 2012.

Un libro como aquel retaba. Intenté cantar un fragmento de algunos de los temas que ella analizaba. Una sorpresa, un atrevimiento. No podía reservar para ella unas simples palabras de elogio, así nomás. Ella me devolvió su sonrisa limpia, transparente. Siempre conservó la fragancia eterna de El Caney, iba con ella en todos sus vuelos profesionales y humanos.

Liliana Casanella Cué nació en Santiago de Cuba un día de junio de 1965. Escogió el mismo mes, el mismo signo; pero se me adelantó un poco. Licenciada en Filología y Máster en Música ―mención Musicología―, fue especialista del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana (Cidmuc), durante un cuarto de siglo. Fue jefa de redacción de la revista Clave. Ella le aportó rigor y amplitud de miras. La recuerdo en esos menesteres, corriendo siempre, hurgando, tratando de sortear con elegancia, con voluntad, todos los avatares que representa una publicación impresa seriada en medio de difíciles circunstancias.

“No pude ser músico por múltiples razones y encontré la vía perfecta para hacer lo que me gusta, privilegio que no muchos alcanzan a tener en la vida”, me confesó en una entrevista. Para ella, la música cubana siempre fue algo más. Desterró mitos, a veces fue a contracorriente. En ese manantial se sumergió hasta convertirse en una autoridad en la investigación de los ritmos populares bailables, en especial sus letras.

Sus aproximaciones a los textos de la música popular bailable nos advierten de ciertos juicios meramente literarios que obvian tanto las funcionalidades discursivas como los destinatarios, elementos inexcusables para entenderla. Asimismo, no son pocos sus apuntes sobre la lenta asimilación de la dinámica creativa de esta vertiente musical y sus transgresiones de los estilos acuñados. El sayo le sirve a más de uno. ¿Acaso hubiésemos existido, resistido, persistido como nación sin el suministro que representa esa flama de picardía, doble sentido, gracejo que encarna por excelencia nuestra música popular bailable?

Reinaldo Cedeño Pineda presenta un libro de Liliana Casanella Cué en el Callejón del Carmen, Santiago de Cuba. Festival MatamoroSon 2014.

La capacidad de esta musicóloga para traspasar la cronología, la mera relación de referencias y ubicarnos en los contextos sociales; su demostración de que los acercamientos a la música popular devienen desde “códigos clasistas, raciales y éticos”; sus revelaciones sobre los monopolios mediáticos en la producción crítica, son puntos nodales de su producción intelectual. Todo ese corpus conceptual, esa exégesis constituyen aportes a la cultura cubana desde la música, proa identitaria de la Mayor de las Antillas en el mundo.

Si En defensa del texto (Editorial Oriente, 2004) anunciaba ya su línea de exploración, Música popular bailable cubana. Letras y juicios de valor (Siglo XVIII-XX), de Ediciones Cidmuc en 2014, representó la eclosión de su pensamiento. Estas son sus palabras:

La creación musical popular, como constructo activo del acontecer social y con una visión de divertimento bailable y de crónica muy definida, no puede existir al margen de la evolución sociolingüística. Tratándose de textos concebidos para la comunicación oral (cantar, escuchar) se explica que sus principales recursos respondan esencialmente a los principios de sonoridad, ritmo y eufonía. Desde el punto de vista estructural, el autor recurre más a (…) reiterar imágenes fácilmente decodificables, de notable expresividad y plasticidad que difícilmente encontrarían validez en la poesía escrita (…) el material sonoro, en este caso las letras en la Música Popular Bailable Cubana, se articula sincrónicamente con representaciones sociales que adquieren relevancia en períodos concretos y crean sedimentos de significados según la escucha y el consumo.

Ella nos legó la más exhaustiva investigación sobre la llamada Charanga eterna, con su volumen Orquesta Aragón, más allá de la música (Cidmuc, 2015) y con la multimedia Orquesta Aragón: 75 años de musica, coproducción Cidmuc-Egrem, galardonada con el Premio Cubadisco en ese propio año. Notas, reseñas, fotografías, material audiovisual, partituras, letras de canciones y críticas forman parte de ambas piezas, frutos de una misma sinfonía, de múltiples desvelos.

Miembro de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) y de la Asociación Internacional de Estudios sobre Música Popular (IASPM), Liliana Casanella Cué dictó conferencias en  Cuba, Estados Unidos, América Latina y el Caribe. Esos caminos recorridos no dañaron nunca su condición de raigal cubanía. No hubo academia en este mundo que le sustrajera de echar un buen pasillo, cuando la ocasión lo ameritaba; soy testigo. La recuerdo por su generosa presencia en el Festival de la Trova Pepe Sánchez, un año tras otro; por su absoluto celo cuando integraba el jurado de algún evento, por su capacidad comunicativa para transmitir sus conocimientos, como un regalo.

Liliana fue un ángel de la cultura cubana.

El estreno de noviembre ha sido duro. Cerré la pantalla cuando vi la noticia de su muerte. Y mi mente voló, como un relámpago, hasta el Callejón del Carmen, cerca de la estatua de Miguel Matamoros, en Santiago de Cuba. Me vi otra vez allí, mezclando letra y solfa, atrevidamente; y ella a mi lado, con su limpia sonrisa, con la eterna fragancia de El Caney.

Tomado de: La jiribilla / Incluye otros elementos aportados en exclusiva por su autor para este sitio

Foto de portada:Liliana Casanella en una edición del Festival de la Trova Pepe Sánchez. Cortesía del autor.

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