GIRÓN, la memoria: “Puedes estar desnudo… pero lo único que importa es vencer”

Roberto Suárez de la Torre era el padre de mis compañeros de juego  en el poblado de Boniato, rumbo a las montañas, en Santiago de Cuba. Lo menciono y me vuelvo niño y me envuelve el polvo levantado en una carrera con sus hijos. No supe quién era hasta más tarde,  cuando comencé a empatar una contada con la otra, cuando empecé a correr menos y a pensar más.

La mirada se le extraviaba, se le perdía allá, sabe dios dónde. Abril le hacía volver a las arenas de Girón. Roberto, mi vecino, el padre de Rolando y Reutilio y Reumel, era un héroe. Y aunque desde 2014  ya no está para contarlo, aunque su familia no posee imágenes de ese justo momento… guardo en mis apuntes sus palabras, donde nadie puede tocarlas.

El bautismo de rebeldía, le llegó por vía de sus abuelos que habían combatido en la manigua contra España. En 1958, se incorporó al Ejército Rebelde, arrebatando armas a fuerzas de la tiranía batistiana, en acciones temerarias. Al joven campesino, el ataque de Girón lo sorprende en la base militar de Managua, a donde había sido reclutado ante la sospecha de un ataque inminente. De allí, fueron movilizados y se dirigieron al central Australia.

“Llegamos muy temprano cerca de Playa Girón ―me dice―. Recuerdo a Fidel con la boina puesta de medio lado, cuando pregunta si la Columna dos había llegado:

− ¡Sí, somos nosotros!, respondimos.

“Dio las órdenes, y cuando nos despedimos, por un terraplén… empezó la cosa. Sobre la cama de un camión, veía caer las balas, era una lluvia. Vi caer un compañero a mi lado, vi muchos heridos. El teniente Pineda me ordena que me aparte del carro, porque podía explotar. Entonces tomo una “cuatro bocas” de un compañero herido y empiezo a tirarle al avión…

“Me pusieron al frente de una escuadra porque tenía experiencia militar, y en una de esas, me vi avanzando solo, ya oscureciendo…  Yo avanzaba con el  ‘tiro en el directo’, y reaccioné inmediatamente cuando quisieron encañonarme los mercenarios. Incluso herí a uno que me pedía: ‘no me mates, no me mates’… Yo me hallaba perdido en aquel lugar, hasta que reconozco un manantial por donde había pasado, me encuentro con mi gente, y lo entrego para que lo curen”.

¿Y el momento de la victoria?                  

“¡Figúrate!, estábamos allí en medio de la batalla y aquello corría de boca en boca. Desde que empezamos a ver a los presos, a los que se rendían… ya sabíamos que la victoria era nuestra. Regresamos comentando unos con otros, con gran alegría; pero también tristes, por aquellos que ya no nos acompañaban”.

¿Miedo?

“Mira, lo que yo siento es como una emoción, una emoción muy grande… En el combate, yo gritaba: ‘¡echen pa’lante, echen pa’lante, c…!’ Mira, esa gente no vino a jugar, vino armada, armada de verdad; traían cintas de ametralladora, traían de todo. Y había que detenerlos de cualquier manera…

“En la guerra no se puede andar con miedo. Mi abuelo siempre me decía: ‘puedes pasar hambre, puedes estar desnudo, pasar cualquier sacrificio… pero lo único que importa es resistir, lo único que importa es vencer”.

El 19 de abril de 1961, la prensa cubana reflejaba en un cintillo de página a página: ¡Aplastada la invasión! Se había frustrado la intención de derrotar por las armas a la naciente Revolución. Los mercenarios de origen cubano, financiados desde el Norte, no pudieron tomar las arenas de Playa Larga y Playa Girón. Roberto, mi vecino, el padre de mis compañeros de juego, fue parte de esa historia.

(Foto: Internet)

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