NAVARRO LUNA: NO OS ASOMBRÉIS DE NADA

He tocado sus libros, he subido en silencio a los altos de la casa de Manuel Navarro Luna en Manzanillo. Conversé con su hija que me ha referido la entrega, la modestia, los versos siempre al lado de su padre.

Ahora mismo la perla del Guacanayabo, con sus aguas tranquilas y polícromas, celebra una jornada de homenaje al insigne elegíaco que murió justo un 15 de junio de 1966. Había nacido en Jovellanos, Matanzas, en 1894.

Tuvo oficios modestos. Desde muy joven se vinculó a las luchas por los obrreros y desposeídos. Con su primer libro Ritmos dolientes (1919), le compró una casa a su madre, Doña Martina, a quien inmortalizaría en uno de los poemas más hermosos dedicado en esta tierra a una madre.

Fue Navarro Luna el acusador de la causa del asesinato del líder azucarero Jesús Menéndez y participante luego en el Escambray en la lucha contra bandidos, y en Playa Girón.

Autor de Surco (1928), Pulso y onda (1932), y de Odas Mambisas y Odas milicianas, en los sesenta, su poesía se expande en sonetos, décimas y verso libre con un gran tono vanguardista.

Un poeta es capaz de tocar para siempre una ciudad, un hecho, un acontecimiento. Tal fue su caso de Navarro Luna cuando se acercó a Santiago de Cuba. No hay bautizo más intenso y más perdurable que el suyo.

Justo en la calle Enramadas, arteria principal santiaguera, junto a la letra de una canción de Pedro Gómez y el verso de Lorca, se inscribe por derecho propio el antológico poema de Navarro Luna.

Santiago de Cuba

Deja que los muertos entierren
a sus muertos

¡Es Santiago de Cuba!
¡No os asombréis de nada!
¡Por allí anda la madre de los héroes!
¡Por allí anda Mariana!
¡Estaréis ciegos
si no veis ni sentís su firme y profunda mirada…!
¡Estaréis sordos si no escucháis sus pasos;
si no oís su tremenda palabra!

“¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
¡No aguanto lágrimas!”

Así exclamó aquel día, junto al cuerpo de Antonio
—¡de Antonio, nada menos, que sangraba
herido mortalmente!— cuando todas
las mujeres allí gemían y lloraban…!

“¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
¡No aguanto lágrimas!”

¡Es Santiago de Cuba!
¡No os asombréis de nada!

Allí las madres brillan
como estrellas heridas y enlutadas.
Recogieron el cuerpo de sus hijos
derribados por balas mercenarias,
y, después, en la llama del entierro,
iban cantando el himno de la Patria.

¡También lo iban, junto a ellas,
el corazón, sin sueño, de Mariana…!

“¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
¡No aguanto lágrimas!”

Hay muertos que, aunque muertos, no están en sus entierros;
¡hay muertos que no caben en las tumbas cerradas
y las rompen, y salen, con los cuchillos de sus huesos,
para seguir guerreando en la batalla…!

¡Únicamente entierran los muertos a sus muertos!
¡Pero jamás los entierra la Patria!
¡La Patria viva, eterna,
no entierra nunca a sus propias entrañas…!

¡Es Santiago de Cuba!
¡No os asombréis de nada!

¡Los ojos de las madres están secos
como ríos sin agua!

¡Están secos los ojos de todas las mujeres!
Son fuentes por la cólera agostadas
que están oyendo el grito
heroico de Mariana:

“¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
¡No aguanto lágrimas!”

¡Venid! ¡Venid, clarines!
¡Venid! ¡Venid, campanas!
¡Venid, lirios del fuego,
a saludar las rosas de vuestras propias llamas!

(Manuel Navarro Luna)

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