Celeste Mendoza: la voz de la rumba

Considerada la Reina del guaguancó, Celeste Mendoza es hoy casi una desconocida en su país, o al menos no tan mencionada como la trascendencia de su obra lo mereciera. Nació en Santiago de Cuba, en el popular barrio de Los Hoyos, un seis de abril de 1930 –haría hoy 91 años-, aunque emigró muy joven hacia La Habana. Ya para 1950 era una figura reconocida en el circuito de espectáculos nocturnos de la ciudad capital. En aquel ambiente, sin renunciar a los indispensables elementos de diversión propios de los lugares en que se presentaba, supo entregar una rumba interpretada a profundidad, más allá de los tan socorridos folclorismos para turistas.

Así resaltó entre la legión de rumberos de ocasión y de intérpretes en general. Actuó junto a otros grandes como Omara Portuondo, Benny Moré, Fernando Álvarez, Los Papines y la Orquesta Aragón. Los escenarios internacionales también disfrutaron de su talento, al realizar giras por países de Europa y América Latina. Como si no fuera suficiente, firmó contratos con la televisión francesa, y grabó con disqueras nacionales e internacionales, donde dejó álbumes imprescindibles para entender el complejo de la rumba, sus ramificaciones y su condición de raíz de toda la música cubana popular. 

Posterior a 1959, Celeste Mendoza decidió permanecer en Cuba y aquí nuestra Reina del guaguancó, continuó cosechando éxitos en lo que siempre supo hacer, dándole a la rumba y otros géneros, por ella interpretados, el valor de la tradición y el sello personal.  

Llegaron entonces otras grabaciones, como El reino de la rumba, junto a Los Papines, y que fuera premiado en la Feria Cubadisco del año 1998. Se le reconocería además por sus legendarias interpretaciones de temas como Échame a mí la culpa, Que me castigue Dios y Papá Oggún.   

Celeste Mendoza falleció en La Habana en 1998. Para entonces, ni ella ni nadie pudo siquiera imaginar que la Rumba sería considerada un día patrimonio inmaterial de la Nación. Pero ahí está su voz, por encima de los tambores, erizando la espina dorsal de un país al que ella también le puso voz. La de los oprimidos en los barracones y ciudadelas, la de negros y mulatos de esforzados oficios manuales. La voz de ella misma, y la de todos nosotros.  

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