Karachi: adivinos en su tierra

Por: Dariela Gámez Paz

Santiago de Cuba, 2 ago.- Dice un refrán que nadie es profeta en su tierra, pero desde 1976 ahí está Karachi para confirmar que siempre hay una excepción a toda regla. En el estudio de grabaciones que poco a poco ha ido construyendo en su casa, el pianista y desde hace nueve años director Fernando Álvarez Caula, se zambulle de cabeza en el recuerdo.

Emerge entonces con la primera evocación, el nombre del que lo inició todo: Porfirio “Fico” Mariol Sagarra, trombonista y director, quien conoció en Venezuela el trabajo de Dimensión Latina y trajo a Santiago los discos de la histórica orquesta. “Fico” puso los discos sobre una mesa y nos fanatizamos con ese sonido.

“Fue así como terminamos incorporando dos trombones más hasta tener cuatro, y dieron con ese sonido diferente para nuestros boleros con estribillo, que era lo que hacíamos en aquella época: temas de trova mucho más bailables.” Aquello enloqueció a los habaneros en la primera gira nacional de la agrupación, allá por los principios de los ochenta, en un local conocido como Pino Mar, que perdió su cerca de pellets “de la cantidad de gente que quería entrar a bailar con nosotros”.

Fueron sus años de gloria. “Estuvimos en los programas televisivos Todo el mundo canta y como agrupación estrella de la final Para bailar, el que ganaron Rebeca y Masjuán, y el tema más pega’o era Santiago está durísimo”. Eran los años de fama junto a Irakere, La Monumental, Van Van y Karachi, y no precisamente en ese orden; la época en que sus cantantes José Librado Lussón Bueno y Rafael Mustelier enamoraban a todas las mujeres con sus temas de la trova llevados a la cadencia sabrosona de la salsa.

Dueños del éxito, no temieron arrimarse al furor del merengue, de moda en esos años en nuestras tierras de Oriente, y desde entonces incorporaron la tambora que marcó tan distintivamente ese sonido a medias entre lo cubano y lo dominicano, como un pez que solo vive en esta aguas.

Pero Karachi también tuvo sus noventa. Aunque viajaron muchísimo, volvieron a reírse de los refranes y no guardaron pan para mayo. Por suerte, en ese tiempo lograron un contrato en Varadero, “y eso nos guareció un poco de la debacle que por entonces vivían los músicos”. Siguiendo su estrella, terminaron recalando en México, un puerto históricamente hospitalario para todo lo que huela a músico y a cubano. “Fíjate si triunfamos, que tocábamos en una especie de cabaret al aire libre que se llamaba La Timba, al que hubo que hacerle una segunda planta. Así y todo, cerrábamos por capacidad”.

Mimados por el triunfo, en los noventa se sacaron un as de la manga: el fenómeno del Butterfly, recordado como la más grande demencia colectiva que ha visto el parque Céspedes. Para construir su leyenda, el tema gozó de ocho meses de éxito en la radio y la televisión. Regresaron a México, donde tuvieron casi una década de reconocido trabajo, y al retornar a Santiago, como en una mala película de Hollywood, descubrieron que apenas se le conocía.

“Para colmo, coincidió con un nuevo sistema de pago, que al principio no entendíamos bien, y pasamos mucho trabajo. Por esa época estábamos ensayando cerca de la ceiba de Santa Rita, y a Busqueta, uno de nuestros trombonistas fundadores y un verdadero genio musical, se le ocurre, junto a Cruzata, el realizador de Lucas, hacer un poupurrit, que incluía nuestros antiguos éxitos, como Saína y Échale limón. Ese poupurrit estuvo nominado en los Lucas, creo que 2005 o 2006, por ahí. Y volvimos a empezar”.

¿Y en qué momento está ahora Karachi?

“En el mejor de todos: el presente. Siempre el actual es el mejor, porque lo tienes a mano”, dice Fernando Álvarez con la seguridad del que ha hecho lo suyo sin envidias ni remordimientos. “En los años que estuvimos por México hubo todo tipo de rumores. Que nos habíamos quedado, que trabajábamos en la construcción, dijeron hasta que nos habían matado. Nunca sentimos la necesidad de responder a eso. La mejor respuesta a todo es trabajar. Karachi no ha pasado. Sí, quizás no tengamos la fama de antes, tal vez seamos un poco más locales, pero la gente nos sigue. Y lo demostramos el último primero de mayo, sin bailarinas, sin cerveza, sin ron, ni nadie de La Habana delante o detrás. Solo nosotros en la tarima y la gente ahí abajo, bailando como si se fueran a morir al otro día”.

 

Dice un refrán que quien tiene algo que hacer para mañana, tiene un futuro. Por tener, Karachi anda envuelto en tres proyectos. “El primero es el disco Remembranzas, que pretende llevar a los más jóvenes la música de las grandes orquestas de los 70 y 80 como Los Latinos, La Monumental, Los Reyes 73, La Ritmo Oriental, Pacho Alonso y sus Pachucos, Son 14 y de 2 compositores referenciales: Rodulfo Vaillant y Enrique Bonne. El segundo proyecto es retomar todo lo que hicimos en los ochenta sobre la trova nacional y hacerlo con el formato de trombones para bailar, y el último se llama Karachi diferente: miramos las corrientes actuales y nos atrevemos a fusionar el reggaetón, el technomerengue y la technocumbia. Vamos a ver qué creen los jóvenes de todo eso”.

 


Fernando Álvarez habla convencido del futuro, el suyo y el de la orquesta que dirige, que considera inseparables. Y aunque Karachi ya tiene seis discos, una carrera consolidada y un prestigio bien ganado, su director se da el lujo de seguir teniendo sueños, como el de asumir un pequeño formato de hasta seis músicos para interpretar los éxitos del filin de autores como Marta Valdés o temas de Pablo Milanés que le parten el corazón, y poner a cantar en él a Zulema Iglesias. Todos los podrá cumplir. “Y más ahora, que somos parte de la EGREM hace más de tres años. Fue algo que siempre quise, porque ese sello es la cara de la música cubana en el mundo”.

Además, agregar que desde hace muy poco estamos a cargo artísticamente del Centro Cultural La Pachanga, que ahora pasa a ser Casa de la Música. Eso lo podemos convertir en nuestro espacio, pero todavía es algo que lleva de mucha preparación. No hay que desesperarse. Seguramente pronto tendremos buenas noticias. De todos modos vamos a seguir aquí, como siempre, por nuestros campos y ciudades.

Si Karachi tuviera un deseo, ¿cuál sería?

Que al final de cada concierto la gente siempre nos siga pidiendo otro tema.

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