CARNAVAL SANTIAGUERO: Cuando la historia baila

Por: Reinaldo Cedeño Pineda

Foto: Tomada de Periódico Trabajadores

“Eso que se levanta, que viene. Eso que sacude la tierra, es el carnaval”. Enrique Bonne sabe lo que dice. Tal vez no hay mejor definición. Durante casi tres décadas, el maestro estuvo al frente de los desfiles y comparsas de la principal festividad popular de Santiago de Cuba.

“El de Santiago nunca ha sido un carnaval de lujo, sino un carnaval de pueblo. Antes de la Revolución, la gente se separaba en sociedades: los blancos en un lugar y los negros en otro; pero cuando llegaba el carnaval, cuando pasaba la conga, todos se fundían. Había quien se disfrazaba de mujer, de cualquier cosa… porque era algo abierto, donde la gente perdía el complejo”.

Pero, ¿cuándo ocurrió el primer jolgorio público, cuándo el primer pasacalle? Encontrar los antecedentes es siempre labor de órdago.

La historiadora de la ciudad, la doctora Olga Portuondo Zúñiga, recuerda que: “[…] el carnaval contemporáneo de Santiago de Cuba resulta de varias festividades profanas  y religiosas que en el transcurso de decenios se entrecruzaron, rehicieron y agruparon en fechas específicas, tal y como hoy lo conocemos”[1].

Una atmósfera casi carnavalesca describe el musicólogo Pablo Hernández Balaguer en la procesión del Corpus Christi, ya en los 1600 y tantos. En diferentes épocas, cronistas e investigadores se refieren a las festividades de carnestolendas: consumo de carnes y mucha algazara antes de cuaresma. También a los mamarrachos, que toman el siglo XIX como espacio de eclosión.

Emilio Bacardí recoge en sus célebres Crónicas de Santiago de Cuba que en San Juan, después de baños vivificadores en el río, “[…] una infinidad de personas de ambos sexos y colores […] entraban en la ciudad con gran alboroto y alegría montados en caballos, mulos y burros encintados” [2]. Los festejos de San Pedro, Santiago, Santa Cristina y Santa Ana reforzaron la costumbre de las celebraciones públicas.    

El carnaval santiaguero tiene entre sus orgullos, agrupaciones centenarias  como los Cabildos Carabalí Izuama y Carabalí Olugo, así como la Tumba francesa La Caridad de Oriente, esta última declarada Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Sus raíces bordan la herencia africana y caribeña, la lucha por la libertad y la ayuda mutua. Al lado de la renovación, vive el respeto.

Aunque más de una acción revolucionaria se amparó en tiempos de carnaval, cuando en la mañana de la Santa Ana de 1953, el verde olivo asaltó los muros del Moncada, cristalizaron la rebeldía, la cultura y el aliento popular que conforman la fisonomía de la ciudad.

Es una historia fértil en acontecimientos, recreaciones, personajes y rivalidades que, con su sello propio, persisten hasta hoy. Es el río de pueblo Trocha arriba y Martí abajo, los muñecones y las carrozas, los caballitos de trapo, las máscaras…

Cada julio la ciudad se sacude el estrés y el calor con una jarra de cerveza fría, mueve su cintura ancestral, se desinhibe y reinventa. Esa heredad histórica y artística mereció para el carnaval santiaguero en 2015, la condición de Patrimonio Cultural de la Nación.

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