Un velorio en Santiago de Cuba en el siglo 19

CRÓNICAS DE MI CIUDAD

Por: Armando A. Céspedes C. (Colaborador de Radio Siboney)

Santiago de Cuba, 25 abr.- Walter Goodman, pintor de género, retratista y ciudadano británico, en 1864 fijó su residencia en Santiago de Cuba, la antigua villa de Cuba, donde lo reciben con los brazos abiertos por su fama. Autor del libro Un artista en Cuba, en el volumen describió muchas costumbres santiagueras de aquellos tiempos, una de ellas es El Velorio.*

Los familiares de un fallecido lo llaman para que le haga un retrato al muerto. Ya en la sala de la casa, repleta de parientes del difunto, sentados en sillas y sillines arri¬mados a la pared, todos se ponen en pie y los principales dolientes lo rodean. Unos se enganchan por el cuello y la cintura, otros lo engrampan por las piernas, y entre brazo y abrazo, o señalándole el camino, lo llevan a la cámara contigua, donde le piden que restablezca a la vida al muerto, por supuesto, en el lienzo.

En la mañana del segundo día del velorio observa ciertas extra¬ñas ceremonias. Uno de los funerarios se presenta, aparentemente sin más objeto que hacer trajes de paño para los caballeros y vestidos de luto para las damas, pues le toma las medidas gene¬rales a todos los presentes con tiras blancas. Cuando ha terminado las enrolla y las pone en uno de los bolsillos de la camisa del difunto junto con los pañuelos blancos de hilo de los dolientes.

Al terminar estas y otras curiosas ceremonias llegan más enterradores, y proceden a preparar el cuerpo para un funeral decente. Al salir el ataúd, los plañidos y lamentos se repiten; las mujeres se desmayan, caen al suelo, se desgarran la cabellera y gimen lastimera¬mente a todo pecho. Doña Dolores, la esposa, no cesa de arengar al muerto hasta que ya no puede articular palabra. Se la llevan desmayada hasta su aposento.

Se forma la procesión, con unos setenta dolientes, todos a pie, siguiendo el paso lento de la carroza ricamente dorada y ornamentada. Todos van de luto cerrado, como es costumbre, con encresponados sombreros de copa, levita negra y pantalón blanco. Los mudos profesionales, representados por negros del tinte más oscuro, pagados para eso, presentan la más sombría apariencia, van vestidos de negro, el mismo color de sus caras y manos. Entonces el entierro marcha hacia la catedral, donde se celebra la misa de difuntos a cuerpo presente. Unos se quedan fuera del sagrado edificio, encienden sus puros y cigarrillos, y conversan con las amistades que miran a tra¬vés de las ventanas enrejadas.

Terminado el rezo sigue la procesión con gran aparataje hasta la puerta del cementerio de Santa Ana, donde todos se despiden sin aguardar al entierro, que se realiza por dos enterradores negros vestidos de monaguillos, quienes -sin sacerdote, dolientes u otra persona- bajan a la fosa el ataúd, donde quedan esperando el día de la resurrección, los restos mortales que hasta la portada del camposanto llevaron sus deudos y amigos.

*TOMADO DE UN ARTISTA EN CUBA DE WALTER GOODMAN.

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