Un locutor es parte de nosotros mismos

Largirucho, quijotesco, dueño absoluto, avanza por la pista del teatro Karl Marx. Ya no es ningún niño, pero está danzando. En un manojo de palabras atrapa la historia, la dimensión de la artista que le toca presentar. La borda en el aire, nos la entrega. Por un instante la voz se quiebra, la emoción aprieta, el público se desborda. Germán Pinelli abraza a Rosita Fornés.

¡Qué momentazo aquel del concurso Adolfo Guzmán de 1982!

Locutor es aquel que toca las palabras de siempre y te hace parecer que es la primera vez que las escuchas. 

Frente a mi casa, en las afueras de Santiago de Cuba, vivió José Armando Guzmán Cabrales, a la larga, Premio Nacional de Radio. Crecí escuchándole. Y de la admiración, de la vecindad, llegó la amistad. Un día me pidió algunos poemas para decirlo en su célebre programa Domingo a las once por la emisora CMKC.  ¿Cómo crees? , le dije… No reconocí mis propios versos en su voz. Él me reconcilió con aquellas metáforas, con aquellas descargas. 

Locutor es aquel que sabe levitar la frase escrita en el papel. 

Julián Ercilio Navarro Cuello tenía una de las voces más graves de Cuba. Una tarde me tomó desprevenido en un parque, me soltó aquel mote que me había puesto: “El líricoooo”. La sílaba no acababa nunca. Media cuadra a la redonda  se volteó para ver de donde había salido aquel vozarrón. Era un caballero, un personaje. Ninguna frase era igual después que la tocaba. Cuando decía la palabra patria ―especialmente esa―, te taladraba. 

Como se extraña a gente auténtica como él. Locutor es aquel que sabe desembridar las palabras. 

Durante un tiempo escribí un programa para la emisora cultural Radio Siboney. Una experimentada locutora, Kenia María González, prestaba su voz y su espíritu para la puesta en bocina del espacio Revelaciones. Conocía su versatilidad y a eso aposté. Ella fue Rodrigo de Triana y gritó ¡Tierraaaa! Fue Van Gogh en el justo momento en que rasgó su oreja. Ella cantó el fragmento de una ranchera, ella fue Marlene Dietrich, ella presentó a Adolfo Llauradó. Y a seguidas, debía retomar el hilo de la narración central en una conducción interpretativa, otra vez ella misma. 

Locutor es aquel que te hace viajar. 

Recuerdo haber escuchado una tarde la carta que José Raúl Capablanca escribió a su hijo, el 7 de octubre de 1925.  Una voz decía… “Sé estudioso y fuerte, para que puedas defender a tu madre y a tu hermana, tanto con la mente como con tus manos (…) No olvides que el mejor periodo de la vida de un hombre es su época de estudiante. Como niño no te lo parecerá tanto, pero cuando hayas alcanzado la barrera de los cuarenta años, verás cuanta verdad hay en lo que ahora te digo”. 

¿De dónde sacó César Arredondo aquel tono humanísimo para corporizar al genio de los trebejos? ¿Cómo calibró cada palabra, cada silencio? ¿Por qué lo escucho todavía? 

Un locutor no es alguien que habla. Un locutor es parte de la historia, parte de nosotros mismos. Sin ellos les faltaría un pedazo a este mundo.

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